Toñito

Roberto Quesada
(Para salirnos un poquito del estrés político, dengues y otros males, voy a obsequiarles hoy a mis lectores/as, este cuento aparecido en mi libro El desertor. Las nuevas generaciones que no han tenido acceso a él pues tienen la oportunidad de disfrutarlo por primera vez, quienes ya lo leyeron pues pueden volver a deleitarse y recordar esos tiempos de pasión… Buen provecho)
“Claro que no somos una pompa fúnebre, usamos el derecho a la alegría...”.--Mario Benedetti
Yo bajé al río, me sentí feliz cuando miré a Lichita que lavaba la ropa en la orilla; me fui tanteando y tanteando hasta que vi que no había nadie más, entonces fue allí cuando la saludé:
—Buenas tardes, Lichita —le dije y me quité el sombrero.
—Buenas tardes, Toñito —me contestó ella, y sonrió. Andaba con un camisón blanco, como estaba mojado, le quedaba pegadito al cuerpo y clarito se le miraban las piernotas.
Ella sabía que yo andaba de cachetes embarrados, yo me acomodé la camisa y para suerte mía el pantalón que andaba me lo habían dejado bien remendadito, y aunque me quedaba un poco chingo, no se notaba que andaba sin calcetines porque las botas eran bien altas.
— ¿No le gustaría que hiciéramos una fuercesita? —- le dije.
— ¡Ay!, Toñito, usted siempre tan bromista.
—No, Lichita, de veras que no es broma, yo a usted la
quisiera andar así como ando mi machete, que no me lo despego— le dije, y prendí un cigarro para que ella viera que yo ya estaba hombre.
— ¿Y va a ir al baile el sábado? —me preguntó.
Yo por un ratito me ataranté, pues pensé que si me preguntaba era para que yo la llevara.
—Sí, sí voy a ir..., y si usted quiere la llevo para que bailemos.
A mí me pareció verle el gran sí en la boca.
—Nooo…con gusto iría Toñito, pero es que tengo que entregar esta ropa el domingo y el sábado la voy a planchar. Sentí ganas de decirle que dejara ir aquellos trapos en la corriente, pero me acordé que no podía porque después los iba a tener que pagar.
— ¡Qué lástima!, Lichita, yo que quería bailar toda la noche con usted, pero si usted no va, yo no voy a ir tampoco—le puse una cara tristona para ver si así me decía que iba a ir.
—Nooo, Toñito, usted vaya, diviértase, ¿qué se va a quedar haciendo todo un sábado?
Yo tuve ganas de decirle que iba a pensar en ella, pero me apenaba, porque ella me miraba como un cipote y yo ya tenía 18 largos años.
—No..., no voy a ir, Lichita.
—Yo si no fuera por esta ropa..., yo iba —me dijo sonriendo— , pero otro sábado vamos a ir para que bailemos toda la noche.
Cuando me dijo así, yo me imaginé arrinconado con ella a la una de la mañana en una esquina del salón cuando a las lámparas ya se les está terminando el gas que queda bien oscuro.
—Sí..., sí, Lichita, voy a esperar a ver si vamos el otro sábado.
Pegué un gran brinco pues por estar viendo la Lichita mentada se me olvidó que estaba fumando, y como el cigarro era sin filtro me quemó toda la trompa.
— ¿Qué le pasó? —me preguntó Lichita y se acercó a sobarme los labios. Como yo la tenía tan cerca, se me olvidó que me ardía, sólo sentía una gran revuelta en el corazón.
—No..., no es nada, Lichita — le dije. Entonces volvió a lavar. Cuando regresaba a la piedra, la miré de espalda, y me quedé ido, viéndole los hules del calzón que se le miraban clarito.
— ¿Y usted para dónde iba? — me preguntó, como queriéndome decir que yo ya no iba a ir.
— A buscar unos cuantos palos para el fuego.
— Pues a mí sólo me falta torcer unos cuantos yaguales— me miró, como diciéndome ayúdeme.
— Le ayudo con esa colcha Lichita — le dije con la mayor de las ganas.
—Sí, Toñito, se lo voy a agradecer.
Agarramos una punta cada uno y empezamos a torcer la cobija.
Cuando ella se agachaba, le miraba hasta allá, hasta el ombligo.
Después le ayudé a cargar la ropa, ella se fue, yo seguí mi camino a buscar la leña.
Al día siguiente en mi casa hicieron de almuerzo un arroz de maíz, yo me robé un gran plato y se lo fui a dejar a Lichita.
— Mire Lichita, aquí le traigo un bocadito.
— Muchas gracias, Toñito— y se fue a dejarlo a la cocina, al regreso me dijo que me sentara; ella se sentó frente a mí.
Andaba con una falda bien cortita; como estábamos muy cerca, yo de vez en cuando tiraba mis miraditas.
— Mire —me dijo y se levantó la falda— me ha salido este morete, seguramente me golpeé.
Se subió tanto la falda que yo le miraba todo. Andaba un
calzoncito negro, muy apretadito, y sentí ganas de darle una mordida. En la barriga algo se me subía y bajaba. Yo sentí que el pantalón me quedaba muy apretado, me dio miedo que se fuera arruinar el zíper.
— En la espalda creo que también porque he sentido un dolorcito — dijo, y se compuso la falda—, si usted quiere, Toñito, ayúdeme a ponerme una pomada.
— Sí..., sí, Lichita.
Me señaló donde estaba la pomada, yo tuve ganas de traerla a la carretera. La pomada estaba detrás de ella, como no me estaba viendo, me metí la mano dentro del pantalón, acomodándome para que no se notara.
— Aquí está.
—Sí..., gracias, pero si quiere mejor véngase— acá — me dijo y caminó al cuarto, yo la seguí. Ella se acostó boca abajo. Yo agarré la pomada, saqué un poquito y le levanté la blusa.
— Espéreme —me dijo—, mejor me la voy a quitar.
Se quitó la blusa y la puso encima de una caja. Yo empecé a ponerle la pomada. Cuando había terminado de ponérsela en la espalda:
—Ahora en las piernas — dijo, y se quitó la falda.
Yo seguí en las piernas, ya casi sin pomada en la mano, sentí un calor tremendo, estaba sudando. Tenía un rato de estarla sobando, cuando se dio vuelta, seguí sobándola, pero sólo llegaba hasta la orillita del calzón, de allí me regresaba.
—Qué calor —dijo y empezó a quitarse el brasier.
Yo me quedé viéndole los pechos, la sobaba y ella estaba con los ojos cerrados.
—Sóbeme más arriba—me dijo. Yo me fui subiendo y me paré.
— Más —me dijo. Seguí subiendo hasta casi llegar a
aquellas lindas tetas. La estuve sobando. Sentí una cosa en el cuerpo y el calzoncillo se me pegó a la piel. Allí estuve como dos horas, ella se durmió; yo me fui para mi casa, pensando que ella iba a ser mía.
E1 sábado me acosté temprano, no fui al baile, pero no podía dormir. Me levanté, fui a la casa de ella, el candil estaba prendido, miré por una hendidura para ver si estaba sola. Me dio una gran cólera, la Lichita estaba besuqueándose en la cama con mi primo. Los dos estaban desnudos, parecían río revuelto.
— ¿Vas a venir mañana? — le dijo ella.
— Sí, a las diez.
— La puerta va a estar abierta —decía ella—, y la luz apagada, porque ya mañana va estar mi abuela.
Yo me fui para mi casa con una rabia perra.
Al día siguiente, a las siete de la noche, le dije a mi primo:
— Vení Checho, vamos al tabanco.
— Vamos, pues—me dijo.
Así me lo llevé al tabanco donde mi papá guardaba el maíz.
— ¿Te acordás? —le dije—, cuando jugábamos, yo te amarraba y vos te soltabas.
— Sí..., todavía me suelto — contestó.
— Probemos.
— Probemos, pues.
El se arrimó a un poste, y yo empecé a enrollarlo con un mecate, después con otro, y le hacía unos grandes nudos.
—Vaya, soltate.
El hizo todo para desamarrarse pero no pudo. Yo agarré un trapo y se lo amarré a la boca. Allí me quedé con él, él me hacía señas para que lo soltara.
Pero una vez que calculé que eran las diez me fui.
Llegué a la casa de Lichita, la puerta estaba abierta, el candil apagado, caminé despacito, hasta llegar a la cama, la empecé a tocar, estaba desnudita. Yo me desnudé, me metí en la cama, la besuquié, después las tetas, ella abrió las piernas, nos hicimos una sola papada, al rato sólo sentía que los ojos me blanqueaban. Esa misma noche le robé una bestia a mi papá y desde ese día vivo aquí, en este pueblo.
© Roberto Quesada, El desertor ( cuentos, 1985).
robertoquesada@hotmail.com


